Nuestra sociedad debe optar por agotar el modelo social, económico y ambiental que tenemos en la actualidad o anticiparse a los nuevos parámetros y pegar el salto a las primeras posiciones de la competitividad en Europa. Frente a anteriores crisis estructurales (como la sufrida en los años 80 y primeros 90 del pasado siglo), la falta de visión y perspectiva trajo consigo un gran desgaste social a todos los niveles: pérdidas de empleo, degradación ambiental, déficit de infraestructuras adecuadas, etc.
A diferencia de entonces, ahora disponemos de las capacidades y competencias necesarias para decidir con valentía sobre nuestro futuro competitivo. Usémoslas porque el desarrollo económico es una pieza esencial del triángulo de la sostenibilidad. Gracias a él podemos plantearnos un mayor bienestar social, una mayor inversión en cultura y educación o la plena configuración de elementos de solidaridad intergeneracional e interterritorial. La clave consiste, sin duda, en saber anticiparse, hacer un planteamiento riguroso del proceso y tener claro el modelo de economía y de sociedad deseado.
Pero somos un país pequeño y debemos orientar el esfuerzo y el desarrollo de capacidades hacia aquellos ámbitos considerados prioritarios para nosotros. La meta es dotarnos de la capacidad de generar y aplicar conocimiento en una serie de áreas estratégicas y para ello han de establecerse apuestas inequívocas desde el punto de vista programático y, cómo no, financiero.
Hablamos de temas como las biociencias, las nanotecnologías o las microtecnologías pero también del empeño por generar y aplicar nuevos conocimientos en otros ámbitos sociales y políticos que permitan atacar los desequilibrios sociales y medioambientales y promover la solidaridad intelectual y moral de nuestra sociedad, base para una cultura de la paz.
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